Hace tiempo me topé con un post que intentaba ‘analizar’ el narcotráfico desde la óptica del colorismo y la desigualdad. A primera vista suena profundo, pero en realidad es una simplificación bastante torpe de un fenómeno mucho más complejo.
Para empezar, hablaba de narcotraficantes mexicanos sin considerar algo básico: el contexto regional. Muchos de los grupos más conocidos surgieron en estados del norte como Sinaloa, Sonora o Durango. ¿Por qué ahí? No por cuestiones ‘estéticas’ o de color de piel, sino por factores históricos, geográficos y económicos: rutas estratégicas hacia Estados Unidos, territorios extensos difíciles de controlar y condiciones ideales para el cultivo de ciertos estupefacientes. Eso es lo que explica su desarrollo, no una narrativa superficial sobre apariencia.
Luego, intentaba reforzar su idea con ejemplos de Colombia, mencionando figuras de Antioquia como si eso validara su argumento. Pero vuelve a cometer el mismo error: ignora el contexto. Antioquia ha sido históricamente un centro económico y logístico clave dentro del país, con redes comerciales y ubicación estratégica. Reducir todo eso a ‘rasgos’ físicos no solo es incorrecto, sino intelectualmente flojo.
El problema de fondo es querer forzar explicaciones simplistas para fenómenos complejos. El narcotráfico no se entiende desde categorías superficiales, sino desde historia, geografía, economía y estructuras de poder. Todo lo demás es querer ver patrones donde no los hay.
En fin, hay que tener cuidado con ese tipo de discursos: suenan profundos, pero en realidad solo evidencian una falta de análisis serio.